¿Qué es una buena escuela? ¿Qué podemos aprender del Patrono de las escuelas populares cristianas?

Hace tres años Malala Yousafzai, la chica pakistaní de premio Nobel, pagó casi con su vida por querer ir a la escuela. Los talibanes que atentaron contra la vida de la chica de quince años entonces, están dispuestos a impedir, hasta con métodos terroristas, que las mujeres vayan a la escuela. Según Malala, porque perciben con precisión que „la educación significa poder para las mujeres”. Preparándonos para el día conmemorativo de San José de Calasanz, el ejemplo de Malala puede ayudarnos a entender la obra de aquel Santo que puso la palabra “escuela” como nombre de su comunidad, la Orden de las Escuelas Pías.
 
La Orden de las Escuelas Pías nació en condiciones que muestran paralelismos con la situación de vida de Malala Yousafzai. También San José de Calasanz se enfrentaba con la resistencia de aquellos que temían perder su poder por una empresa que otorgaba conocimientos y educación a los hijos de familias pobres. Si alguien se sorprendiera de su temor tendría mucho que aprender del devenir del mundo.
 
Puesto que los pobres, o hablando en términos más generales, aquellos que en un sistema social y cultural quedan excluidos del poder, significan una amenaza para los beneficiarios del régimen, porque revelan las injusticias interiores del mismo. Darles poder a aquellos que se encuentran al margen siempre ocasiona una ruptura en el sistema actual, por dar voz a un enfoque radicalmente nuevo de la realidad.  La presencia de los pobres – más precisamente: el hacerlos presentes – requiere un cambio que no es un ajuste superficial de la „política social”, sino una reordenación cuya fuerza motriz personal se llama, utilizando una palabra bíblica, conversión.  Calasanz tuvo la experiencia de una conversión de este tipo, y por eso insistía en que en sus escuelas los pobres siempre fuesen merecedores de una atención primaria. Según San José de Calasanz no hay escuela buena sin que esté atenta a los pobres, y no hay escuela buena sin una conversión que solicite la presencia de los pobres.
 
Cuando Calasanz fue a Roma en 1587, no pensaba del todo de esta manera, tenía planes distintos de lo que el futuro guardaba para él. Antes de la conversión su objetivo era asegurar su propio estatus eclesiástico. Hoy, quizás, solicitaría subvenciones, no tendría que ir llamando a las puertas necesariamente, pero quién sabe. Lo cierto es que quería hacerse cargo del problema desde una posición responsable. En la diócesis de Urgell donde anteriormente fue secretario del obispo, desde el espíritu de las decisiones reformistas del Concilio de Trento, había apoyado en varias ocasiones el asunto de la enseñanza. Sería esta sensibilidad la que dirigiera su mirada hacia los niños también en Roma. Sabía que dándoles formación se acercaría también a la solución de problemas sociales.
 
Es interesante repasar sus intentos de búsqueda de camino. Primero lo intentó solo, luego se dirigió a organizaciones existentes, entre ellas también a comunidades religiosas. Reuniendo, por fin, a su alrededor a algunos compañeros que estaban dispuestos a poner en marcha algo nuevo, y hacerse cargo de esta misión especial. Porque esa vocación y misión encontradas a consecuencia de su conversión son nuevas y especiales.
 
Tal vez son éstas sus palabras más memorables para expresar la misión nueva y especial. „He encontrado en Roma mejor modo de servir a Dios, ayudando a estos pobres muchachos. No lo dejaré por nada del mundo.” Al decir esto ya no quiere regresar de Roma a su patria. Para Calasanz, el sacerdote, ayudarles a los muchachos pobres significa la realización de su relación con Dios y de su servicio sacerdotal. En una de sus cartas así confiesa de los maestros del ábaco: „Yo mismo, por haber desempeñado este trabajo, no he perdido nada de mi sacerdocio, que es la mayor dignidad que he podido conseguir” (EP 2162).
 
Probablemente fue ésta la experiencia por la cual Calasanz sintió haber recibido una misión nueva y especial que la misma vida corroboró que es así. Por eso no logró integrarla en algo ya existente, ni llevarla a cabo con personas cuya vida trataba de otra cosa.  Con ellos sólo podría haber hecho una escuela que seleccionaba: unas veces era la pobreza de la familia del muchacho el impedimento, otras que el joven necesitaba también otros conocimientos al margen de los religiosos. Lo que Calasanz deseaba y vivía como vocación procedente de Dios necesitaba una comunidad y, una comunidad propia. Una comunidad de compañeros que quisieran lo mismo que él: dedicarse por completo a los niños. Es decir, a los niños que se ofrezcan; a los niños que les dé la providencia; a los niños que tienen que orientarse en un mundo ya existente y autónomo. La obra que venía surgiendo desde esta manera de pensar y sentir, resultó ser sostenible. La escuela encargada a esta comunidad ha resistido a los tiempos. 
 
Calasanz no quería una escuela que seleccionaba, quería abrir una escuela a los pobres. Y curiosamente, su escuela llegó a ser solicitada y popular también entre los acomodados. Esta escuela se ha convertido en la escuela buena para todos. El ejemplo de Calasanz demuestra que se sostiene y se considera buena la escuela que es comunitaria y no selecciona. También muestra que aquella escuela puede no seleccionar que es gestionada y mantenida por una comunidad cuyos miembros ya en sí se caracterizan por la mentalidad y la fe de „me entrego a mí mismo y acojo a los demás”, es decir, utilizando otra vez una palabra bíblica, son gente pobres.
 
La más profunda causa de esto será que ese “movimiento hacia la periferia” encarnado por su empresa, la escuela abierta para los pobres, de otra manera no podría –y probablemente no habría podido– mantenerse. Todo esto conlleva una incertidumbre y exposición que uno sólo puede aguantar en comunidad. Sin embargo, de manera paradójica, emprender esta exposición e incertidumbre es una tarea que la misma existencia humana lleva consigo. O por lo menos es eso lo que el evangelio afirma de la vida humana.
 
Jesús dice: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mc 8,35). ¿Acaso sólo la vida del cristiano se caracteriza por eso? ¿No es más bien que Jesús expresa una característica fundamental de la vida? Como si dijera: sólo permanece lo que entregas. Atrévete a ser generoso. Atrévete a salir de ti mismo, a ir más allá de ti mismo. Eres más de “tu pequeño ser de hoy”. –Esto es válido no sólo para los seguidores de Jesucristo. Seguir a Jesús –reconocer a Jesús como nuestro Señor– se puede, empezando precisamente a ser personas según Jesús, comenzando a exponerse y a aceptar la incertidumbre, la riesgosa pero bendita tarea humana de abandonar nuestros sistemas actuales.
 
Sólo queda lo que entregas. Sólo queda lo que compartes con otros. Ser persona humana según el evangelio es ser un ser comunitario, ir más allá de la propia persona, encontrarse con los demás: entregarme sin reservas a la comunidad y recibir sin límites a los demás.
 
La escuela no es solamente el lugar de la transmisión de conocimientos sino el terreno en donde convertirse en seres humanos. El espacio donde “se estudia” la humanidad, se estudia para ser personas humanas en la práctica, en los encuentros.
 
Según San José de Calasanz, aquellos que son capaces de abrir un espacio comunitario para estudiar la humanidad, que se hacen cargo de la tarea de convertirse en personas humanas, tal como lo presenta el evangelio de Jesús. Es buena la escuela que se sostiene por tal comunidad, funciona como tal comunidad y sirve la formación de esa comunidad.

Képek

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